Che: más mito que realidad


Che Guevara mas mito que realidadChe Guevara mas mito que realidad

 

La boina del Che.

 por Pilar Rahola

Viernes, 22 de julio 2005

Alguna vez he escrito que el objetivo estratégico del terrorismo no es, en primera instancia, matar mucho, sino matar mucho para poder socializar el terror. A partir del momento en que el miedo se instala en el seno de una sociedad democrática, y con él se instala la incertidumbre sobre la seguridad (tal vez el bien más preciado de una sociedad libre), se inician casi en paralelo los mecanismos de restricción democráticos. Podríamos decir, pues, que en la base de la actuación totalitaria del terrorismo, lo que hay, por encima de todo, es la voluntad de destruir los principios de la libertad. Y son las sociedades libres las que tienen que lidiar con el difícil reto de no caer en la trampa que el totalitarismo nos plantea, mientras aumentamos seriamente nuestros niveles de seguridad. Este equilibrio, que Tony Blair ha encarado desde el primer día del atentado, con una notable capacidad de liderazgo, es la clave para conseguir el doble y necesario objetivo: vencer al terrorismo y no destruirnos en el proceso. Es un debate complejo, con muchas ramificaciones incómodas, entre ellas la necesaria pero siempre polémica ampliación de la capacidad de actuación policial.

La BoinaPersonalmente me centraré en un aspecto de este debate que ya había tratado en otras ocasiones refiriéndome a los derechos y deberes de los inmigrantes que llegan a nuestra sociedad, muy especialmente de los inmigrantes de cultura islámica: el control de los líderes religiosos radicales. Es decir, las actuaciones que la sociedad democrática tiene que llevar a cabo para garantizar la libertad de culto y su naturaleza multireligiosa, y a la vez, la protección decidida contra aquellos que usan a Dios para enseñar a odiar a los otros, a denigrar la libertad, despreciar a las mujeres y amar a la muerte. Un imán que reza con su gente un viernes en una mezquita, es un hombre que trabaja la trascendencia espiritual de forma colectiva. No solo no es una amenaza, sino que enriquece la pluralidad. Pero, contrariamente, un imán que, mientras reza con su gente, usa el nombre de Dios para destruir al sistema de libertades donde vive, es un militante y un ideólogo, en este caso de una ideología totalitaria. Ergo, es un enemigo. A partir de aquí, su mezquita ya no es un lugar de culto, sino un foco de reclutamiento, adiestramiento y lobotomización de ciudadanos. Como tal, la sociedad democrática tiene que detectarlo, neutralizarlo y defender a los ciudadanos de su trabajo destructivo. ¿Cuántos años hace que algunos avisamos en este sentido? ¿Tenemos que recordar que en mezquitas de Barcelona se reclutaban a ciudadanos para luchar en Afganistán a favor de Al Qaeda? ¿Recordamos que uno de los primeros que murieron en Iraq contra los aliados, era un ciudadano de Barcelona? No deja de ser fatigante, como mínimo para los que lo hemos escrito mucho y claro, contemplar la sorpresa general de nuestras sociedades por el hecho de que los terroristas ingleses hubieran nacido en Inglaterra. ¿Qué nos esperábamos? ¿De qué nos sorprendemos? ¿por qué teníamos que suponer que el integrismo islámico no reclutaría a su gente en el seno de nuestras sociedades, donde precisamente el sistema de libertades les garantiza una extraordinaria capacidad de movimientos? Aún peor, muy a menudo los forma, los prepara, les da la técnica y la capacidad e incluso los subvenciona. El asesino del cineasta Teo Van Gogh recibía subvenciones del gobierno holandés y en el juicio, mirando cara a cara a la madre de Teo, le espetó su desprecio: “no me das pena, porqué eres una infiel”.

¿Cómo es posible que aún no lo veamos? Cuando oí al ministro del interior español, justo después de la petición de Blair de controlar a los imanes radicales, diciendo en gramática políticamente correcta que “esto no lo haremos en España porqué respetamos la libertad de culto”, tuve la impresión de ser gobernada por auténticos imbéciles. O, peor aún, por honestos ilusos, cuya ingenuidad nos va a resultar destructiva. Perdonen que caiga en la tentación de autocitarme, pero viene al caso. Como dije años ha, no hay peor ignorante, que un ignorante sincero. No, señor ministro, no. No se trata de libertad de culto, ni tiene nada que ver con ningún proceso romántico de emancipación de los pueblos, ni estamos ante libertadores generosos, cuya desesperación los lleva a entregar la vida. El asesino de Teo no luchaba por el hambre en Africa, ni debía saber que en Zimbabwe están destruyendo miles de casas en un proceso brutal e impune de represión generalizada. Los asesinos de Madrid no tenían como finalidad la liberación de ningún pueblo, sino muy al contrario, los movía la lucha por un régimen donde ninguna libertad fuera posible. Y, como resulta evidente, los terroristas de Al Zarqabi no luchan por la libertad de Iraq, sino para someter a su población a un régimen tiránico. ¿Eran los talibanes unos libertadores? ¿Lo es Al Qaeda? A pesar de la obviedad de la respuesta negativa, nuestra sociedad continua destilando este tipo de discurso paternalista y romántico que dibuja a los terroristas como si fueran una especie de herederos de las épicas revolucionarias del pasado. Muchos intelectuales y la mayoría de políticos de la izquierda, en la propia España, se han lanzado improvisadamente y a la carrera a analizar el fenómeno terrorista islámica, un fenómeno que hasta ahora –a pesar de las decenas de muertes que acumula en años de asesinatos- no les había preocupado. Demasiado entretenidos machacando a Israel y a Estados Unidos. En este análisis improvisado, casi ninguno de ellos se ha sacado la boina del Che Guevara y, lo que es peor, han traspasado la boina a Bin Laden. Mitos de libertarios contra la opresión imperialista, héroes que se juegan la vida, y el imperio, que siempre contraataca. El débil luchando contra el fuerte…

El mundo es muy injusto y una parte sustancial de las injusticias son culpa nuestra. El pensamiento crítico, no solo es necesario, sino que es imprescindible. Pero todo esto, que tiene sentido desde la perspectiva de la defensa democrática, no tiene nada que ver con el integrismo islámico y con la guerra que nos declaró ya hace muchos años. No estamos ante pobres, sino ante estructuras muy ricas, sustentadas por países y por fortunas perfectamente delimitadas, y que, de momento, actúan con total impunidad. No estamos ante una lucha de liberación. Muy al contrario, estamos ante una lucha para destruir la libertad. No estamos ante pueblos que se enfrentan al imperialismo. ¿Qué imperialismo asesinaron en Amia, en Buenos Aires? ¿Qué imperialismo, entre las decenas de muertos en Bali? Y ello con un añadido: el imperialismo más contundente, destructivo y, en estos momentos, efectivo es justamente el que profesa el Islam integrista. Vayan ustedes a las madrazas coránicas, desde Malasia hasta el Sudán, desde el Pakistán hasta Siria. No estamos ante un hecho religioso. Estamos confrontados a una ideología totalitaria que usa la religión para destruir las mentes. Si no entendemos el fenómeno como una ideología supranacional, totalitaria de base y nihilista de convicción y perfectamente asentada en estructuras de poder, no entenderemos nada. Podemos ir a Iraq y volver, podemos sacar las tropas o volverlas a llevar. Podemos portarnos tan bien que cada día pidamos perdón, como parece que hace Zapatero cada par de semanas. Hasta incluso podemos hacer malabarismos en la plaza pública, a ver si nos alquilan en algún circo. Pero nada de lo que hacemos tiene que ver con los intereses del nihilismo integrista. Usan causas concretas más o menos vistosas, pero la única causa que les mueve es la Revolución islámica. Y la guerra la declaran por esa causa. Desde hace décadas. Por mucho que los muertos anteriores a Madrid o a Londres no los hayamos querido contar. Por mucho que nunca nos hayan conmovido las víctimas desde Buenos Aires hasta Jerusalén, desde Kenia hasta Turquia. Es la historia de Europa, mirar hacia el otro lado cuando el totalitarismo nos planta cara. Chamberlain creía que podía pactar con el diablo. Hasta que el diablo atacó Londres…

Fuente: http://luisdelion.free.fr/pr200510081631.html


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